¡Sobran empleados públicos! Ideas (1)




En estos tiempos de zozobra, en los que tanto y tanto desinteresado augur clama por el desmantelamiento de lo público – eufemísticamente: adelgazamiento -, y el político, urgido por la debacle que dictan los mercados, se afana en santificar las bondades de lo privado renegando de lo público, resulta de especial importancia detenerse en las causas del mal de la ineficiencia que aqueja a la Administración.

Y en esa texitura, ejercer de hepatóscopes * analizando las vísceras del cadáver para “adivinar científicamente el futuro”. Realmente deben ser cierta las teoría cuántica de los mundos paralelos.

Desde lo más remoto de los tiempos -entiéndase por remota al Ley de Funcionarios Civiles del Estado de 1964 y su artífice López Rodó-, es un lugar común la quimera de “la función pública directiva”, la aspiración de que la Administración esté regida en su cúspide por funcionarios que actúen como directivos, con la necesaria capacitación y la presupuesta independencia. Es un tema “Guadiana” que aparece detrás de cada reformista; y también un caso digno de figurar como ejemplo de estupidez global en el famoso libro de José Antonio Marina (La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez).

¿Por qué si todos los especialistas convienen en que es necesaria una función pública directiva, la misma prácticamente no existe?

El Ministro Almunia bajo la tutela de D. Alfonso Guerra emprendieron la lucha contra las “tribus funcionariales” (técnicamente denominadas Cuerpos) que campaban a sus anchas en la función pública manejándola a su conveniencia; pero esa “guerra”, cuyo resultado debería haber sido la sustitución de esa influencia por la implantación de una función pública directiva que en base a su especial cualificación directiva gobernase la Administración, se desvió sustancialmente.

La influencia de los cuerpos fue paulatinamente sustituia por la “colonización política” de la función pública con las más diversas técnicas que tenían y tienen dos finalidades: politizar la función pública socavando su independencia -a día de hoy una realidad virtual- y, en la misma línea, colocar a los adeptos.

A día de hoy la separación de poderes, la existencia de frenos y contrapesos, técnicas en las que se ha de fundamentar indefectiblemente una sociedad democrática sana son modelos periclitados. El espacio público se encuentra absolutamente colonizado políticamente. Desde el Consejo General del Poder Judicial hasta los confines más reconditos de los chiringuitos públicos de aldea se haya desprovisto de cualquier atisbo de independencia. Sí, hay jueces independientes, muchos, la mayoría, pero esos no ascienden; sí hay funcionarios independientes, muchos, la mayoría, pero esos están en puesto de segunda, donde no molesten. Por contra, se multiplican los interinos, cuya débil posición los hace más maleables, y las libres designaciones que obvian los principios de mérito y capacidad se extienden hasta el infinito.

¡Pero en qué cabeza cabe que un Secretario o un Interventor de un Ayuntamiento, encargados de velar por el cumplimiento de la ley y de la prudencia en el manejo de los fondos públicos van a cumplir su función si están “libremente designados” y pueden ser “libremente cesados” al día siguiente de una achaque de independencia funcionarial! Bueno, para ser realistas, cabe en la cabeza del Tribunal Constitucional, esa excelsa instancia a la que se accede en base al mérito y la capacidad, que dictó la tan conocida sentencia que consagró la posibilidad de que un ser humano, por el hecho de ser funcionario, podía ser independiente del político que podía cesarle fulminantemente el día que se levantase con el pie equivocado.

A lo que íbamos: En esa línea colonizadora se sitúa el persona eventual o de confianza al que sólo se le exige eso, ser de confianza, o dicho de otro modo, no ser independiente, que en el espacio de cuatro años creció la despreciable cantidad del 50% (ver el gráfico del comienzo basado en los datos de Ministerio de Economía y hacienda). ¿Pero no coinciden todos en que lo necesario es una función pública directiva basada, como en las empresas, en la confianza ejecutiva? Entonces, ¿por qué no se implanta realmente y, en cambio, aumenta desmesuradamente el personal de confianza política?

Si hay que adelgazar, sería bueno considerar el empleo de la tijera en este ámbito, creo que sería altamente saludable para la Administración pública, la eficiencia, y sobre todo la independencia. Lo de las libres designaciones lo dejamos para otra. Abur.

 *Hepatóscope: que practica la Hepatoscopia (técnica adivinatoria practicada desde época babilónica consistente en predecir el futuro mediante la contemplación de hígados de animales, normalmente corderos)

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